Los cierres

Todo comienzo tiene su final, es la frase que todos hemos escuchado alguna vez tras pasar por una situación complicada, tras pasar por un duelo o por una ruptura. Sin embargo, ¿qué pasa cuando no hay final? ¿Qué pasa cuando no hay respuestas? ¿Cuándo uno siente que no ha acabado? Esa falta de cierre, de clausura, repercute en el bienestar de cada uno, dado que no permite pasar página. Es una sensación frustrante y aterradora que puede llevar a pensar que no se puede salir del sufrimiento que uno siente.

Sentimos que no podemos pasar página, que hay una conversación pendiente y nos quedamos enganchados en ese ciclo de posibilidades y pensamientos de «y si…», persiguiéndonos como si se tratase de un fantasma. Esta rumiación, ese dar vueltas y vueltas a los mismos pensamientos sin llegar a ninguna resolución, tiene un coste real en nuestra vida cotidiana: dificulta la concentración, interfiere con el sueño, y puede mantenernos emocionalmente anclados en un momento del pasado mientras el presente pasa a nuestro alrededor sin que lleguemos a habitarlo del todo.

Lo que hace especialmente dolorosa la falta de cierre es la ambigüedad. Los seres humanos estamos diseñados para buscar patrones, explicaciones y narrativas coherentes. Cuando algo no tiene un final claro, nuestra mente lo interpreta como una amenaza sin resolver y sigue «buscando» activamente una solución. Es por eso que un final doloroso pero explicado suele ser más fácil de procesar que una desaparición sin palabras, un silencio inexplicable o una relación que simplemente se fue apagando sin que nadie pusiera nombre a lo que estaba ocurriendo. La incertidumbre, en muchos sentidos, duele más que la verdad.

El cierre es una parte fundamental de toda experiencia humana y del proceso de sanación, pero ¿de quién depende si obtengo un cierre o no? Esta es una pregunta importante, ya que muchas veces solemos pensar que es el otro el que me tiene que dar esa clausura. Sin embargo, esto no es cierto. El cierre es un proceso interno. Es la decisión consciente de aceptar que no habrá más respuestas y que la falta de explicación es, en sí misma, una respuesta. Nosotros mismos nos podemos dar ese cierre, pero primero nos tenemos que permitir esa despedida, nos tenemos que permitir ese adiós.

Y esto es precisamente lo que hace tan difícil el proceso: nadie nos enseña a despedirnos. La cultura en la que vivimos tiende a premiar la resiliencia rápida, el «ya estoy bien», el seguir adelante sin mirar atrás. Pero el duelo, y toda falta de cierre es, en cierta forma, un duelo, necesita tiempo y espacio para ser transitado. Saltarse ese proceso no lo elimina; simplemente lo aplaza. Muchas personas descubren años después que siguen cargando con despedidas que nunca llegaron a pronunciar.

Permitirse el adiós implica reconocer lo que se pierde. No solo a la persona, sino todo lo que esa relación o experiencia representaba: una versión de uno mismo, un futuro imaginado, una forma de verse reflejado en el otro. El duelo es también despedirse de lo que pudo haber sido y no fue, y eso exige compasión hacia uno mismo.

¿Cómo me doy ese cierre? ¿Cómo puedo seguir adelante a pesar de sentir que no ha acabado? Existen estrategias útiles para facilitar ese proceso interno. Una de las más poderosas es escribir una carta de despedida a la persona que se ha ido, sin necesidad de enviarla, plasmando sobre el papel todo lo que nos ha quedado por decir. Escribir activa un procesamiento emocional más profundo que el pensamiento solo: le da forma concreta a lo que sentimos, lo externaliza y nos permite verlo desde fuera, con algo más de distancia.

También se pueden hacer rituales de despedida que impliquen deshacerse de un objeto relacionado con esa persona o situación. Los rituales tienen un efecto psicológico real: al trasladar un proceso interno a algo concreto y simbólico en el mundo físico, el cerebro puede integrarlo de una forma que las palabras solas a veces no logran. No es magia, es que los seres humanos llevamos milenios procesando nuestras pérdidas a través de rituales, y esa necesidad sigue siendo muy real.

Otra estrategia valiosa es la de concluir la conversación internamente, imaginando lo que nos hubiera gustado escuchar o lo que hubiéramos querido decir. No se trata de inventar una realidad que no existió, sino de darle a nuestra mente el final narrativo que necesita para soltar. Algunas personas encuentran útil hacerlo a través de la expresión artística: dibujar, componer, moverse. Otras necesitan simplemente hablar de ello con alguien de confianza, ponerle palabras en voz alta, porque nombrar lo que duele es ya una forma de comenzar a integrarlo.

Finalmente, el cierre también implica reencuadrar la narrativa que nos contamos sobre lo ocurrido. No se trata de reescribir la historia para que duela menos, sino de encontrar una versión de los hechos en la que uno pueda habitar sin quedar atrapado. Una narrativa que reconozca el dolor, que honre lo que fue importante, pero que también deje espacio para lo que viene.

El cierre depende de uno mismo. Cada uno de nosotros somos capaces de darnos esa experiencia que nos permita seguir adelante. No podemos controlar el adiós de los demás, pero sí el que pronunciamos nosotros. Y a veces, pronunciarlo, aunque sea en voz baja, aunque sea solo para uno mismo, es el acto más valiente y liberador que podemos hacer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Listo/a para empezar?

Da el primer paso.
Te acompañamos.

Contacto

Hablemos

Teléfono / WhatsApp

600 882 425

Email

consulta@eapsicologa.es

Instagram

@ea_psicologa

Consulta

Madrid

Scroll al inicio